jueves, 8 de enero de 2009

Un Pestañeo Anesteciado

—¿Aló? Tengo rato llamándote para decirte que no voy a poder ir esta noche. Sí te cuento te caes para atrás, hasta yo terminé con mi rabia masculina anestesiada.
— ¡No te molestes que a ti, te veo a cada ratico mija!
Ayer me desperté tarde, para variar. Me vestí más rápido que amante huyendo, mientras se tostaba el pan. Decidí hacer dos cosas a la vez, tu sabes que yo soy rápida mi amor, y mientras me estaba poniendo los zapatos comencé a comerme la tostada, que quedó bastante tiesa y adivina qué: Se me partió el diente. —Si, el mismo de siempre, el que me reparan casi todos los años—.
Corrí al odontólogo. Me atendió Luz Marina. ¿La recuerdas? La asistente de toda la vida, la bajita simpática. —Ella misma—. Me dijo que el Dr. Mariano había muerto unos meses atrás, pobrecito. Le pregunté —Chica, de qué se murió—. Me dijo con sequedad: —de eso no se habla—. Y si de eso no se habla, segurito fue de SIDA o de algún canciller que le dio en la próstata. Tal vez por eso, fui una vez al baño del consultorio y conseguí toda la tapa chispeada.
Bueno mana, me ofreció verme con el Dr. Vento por la urgencia. Yo no quería ni hablar para que no se notara lo horrorosa que me veía.
Era la primera paciente del día. Luz, la asistente, me hizo pasar para prepararme: me puso un delantal para cuidar la blusa Chanel bellísima que traje de Francia, me puso un plástico transparente que me dejaba la boca súper abierta y la manguerita esa que succiona la saliva.
Me dejó sola para que me “relajara” en la silla, y pensé: ¡Ni que se tratase de un spa!.
No esperé casi nada, pero en medio del aburrimiento me incorporé en la silla y me puse a detallar los instrumentos, escuché algo que me asustó y de golpe tumbé sobre mí la bandeja con los instrumentos, menos mal que no se escuchó. Queriendo recoger el reguero antes de que lo notasen me pinché la pierna izquierda, ahogue mi grito de dolor y volví a colocar las cosas en la bandeja, me ajusté el delantal, me volví a colocar el plástico y la manguera en la boca y me acosté para disimular que algo hubiera pasado.
Al instante entró el Doctor David Vento y sentí que Dios me mostró el futuro, creo que en ese instante hasta pude ver cómo me iría de este mundo. Todo se puso en cámara lenta, el movimiento de su cabello negro como tu conciencia, —no te rías, que sabes que no es muy clara que se diga— en fin, contrastaban con “los O-Jos”. Olía a pasión y seguro que debe saber a fresas con champaña. Hasta escuché violines, pero luego que pasó el rato y los seguía escuchando me di cuenta que era del ambiente musical. —¿Qué cómo es él?—, bueno un tipazo: más o menos 38 años, atlético, meticuloso, callado, observador, calmado. Pero, déjame terminar de contarte.
Cuando volví en mí me di cuenta que allí estaba yo, tumbada en esa silla, con la boca abierta como corroncho en pecera, totalmente ridícula e indefensa de ese bombón.
Me dijo—Hola Miranda, disculpa la espera— y yo como no podía ni sonreír porque el plástico me tenía estirada la boca, achiné los ojos para simular una sonrisa amable. Pensé ¿y este muñeco cómo se sabe mi nombre? Cuando para maltrato de mi ego noté en sus manos la carpeta con mi historia médica.
Se sentó a mi lado y me dijo que asentara con la cabeza para corroborar los datos. —Miranda Goliat —y yo: Umju—, 35 años—Umju, mientras movía la cabeza afanosamente. ¿Viniste hace 10 meses a qué te arreglaran este mismo diente? ¿Pero y tú qué comes tuercas? —Fruncí el ceño y simulé una risa tonta, claro con la boca así de espernancada ¿Tu me dirás qué otra risa me podía salir?.
Cuando el tipo iba a comenzar a trabajar dijo con algo de ironía —¡Que raro! Luz Marina tiene más años que yo aquí y hoy arregló mal los instrumentos— sentí que me lanzó la puntita, el muy ponzoñoso. Me anestesió con la misma intensidad de su comentario y sonó el teléfono. Por lo que escuché, le anunciaban al paciente que iba a atender a esa hora. Aproveché para ajustarme un poco la manguerita, pero mana ¿qué te cuento? Me la dejé mal puesta y me he bañado la blusa de saliva, para ese momento se me había dormido la boca y no me había dado cuenta que se me estaba saliendo la baba —Chica no te rías—. Se volteó y se acercó rodando con la sillita, al darse cuenta de lo que había pasado se echó a reír y me observó cómo quien ve a un niño en medio de una picardía.
Bueno, me acomodó y comenzó a trabajar. Yo lo veía de cerquita, noté que hasta la mini cicatriz de la ceja le da un aire súper sexy. Al pasar el rato lo volvieron a llamar, entiendo que para decirle que el paciente que lo estaba esperando se iba. En ese justo momento aproveché para mover un poquito la lámpara que me tenía encandilada, al bajar el brazo, solo se escuchó un estruendoso PLOF, había vuelto a tumbar la bandeja, por el sonido podrás imaginar que esta vez cayó al piso. Él se volteó sin colgar la llamada y soltó una gran carcajada que me hizo achicar en la silla, me sentía del tamaño del delantal que me cubría. Solo me salió decir: Ay disculpe Doctor.
La asistente entró con una nueva bandeja de instrumentos que él le había pedido antes de colgar y, ¿a que no sabes? Se ha ido la luz.
Me retiró los instrumentos de la boca y me pidió que me quedara acostada esperando a que regresara la luz, él intuía que no iba a demorar mucho. Hasta romántico se había tornado el ambiente, todo se veía en sepia y con una servilletita me limpiaba las comisuras de la boca.
No sé si fue la anestesia, pero me dio por hablar más paja de lo usual. De todo lo que me comentaba, le ofrecía un consejo. Me contó que se le estaban olvidando las cosas y, yo que estoy tomando un remedio naturista buenísimo para la memoria se lo quise recomendar, pero aún no recuerdo el nombre de la cosa esa. —Sí, Fitina, tienes razón—
Entró la asistente con una velita y yo pensé: ahora sí cae, pero volvió la luz. Me colocaron otra vez todo el aparataje y ella salió. Él comenzó a trabajar y se fue nuevamente la luz. Prendió la vela bastante lejos de mi y por allá la dejó, no entiendo cómo me iba a iluminar así. Salió del consultorio y escuché que le dijo a la asistente que no iba a atender a más nadie por el día, para evitar contratiempos por la situación con la electricidad.
Se me estaba pasando el efecto de la anestesia. Como él debía terminarme el trabajo, prefirió volvérmela a aplicar mientras esperábamos por la luz. Cuando me iba a inyectar: ¡Achu! Me salió tremendo estornudo que le empujó la mano de la inyectadora y me la clavó en la pierna derecha e hizo que el plástico boca de corroncho saliera volando por el aire y le diera justo en la frente. —Mija, te vas a hacer pipí de la risa. ¡Gafa no te rías!— Pobrecito él estaba muy apenado, no hallaba cómo disculparse. Para cuando terminó de hacerlo yo ya no sentía mi pierna y había perdido el último ápice de vergüenza que me quedaba. Ninguno de los dos podíamos hacer nada más que reírnos, alcanzó a decir que estábamos a mano.
Entró la asistente y viéndonos reír le contagiamos la risa. Regresó la luz.
Ahora sí, me anestesió y “jugandito” me dijo que me iba a amarrar de la silla. Finalmente terminó el trabajo y de cerquita en posición de odontólogo me comentó lo bella que había quedado, me provocaba saltarle encima.
Gloria a Dios, por fin me quitó todos los instrumentos de la boca y me pidió que me enjuagara en el mini lavabo, se dio la vuelta para actualizar la historia médica, tomé el vasito de Listerine en las rocas y justo se fue la luz. ¿Qué pasó? Terminé echándome encima el desgraciado enjuague bucal, teniendo la seguridad que me veía como concurso de camisetas mojadas, por lo que rogaba al cielo que no volviera la luz pronto.
No me podía ir porque para pagar solo disponía de tarjetas y sin luz tú me dirás por donde las iba a pasar. —ja ja ja Chica, no seas tan grosera—
— ¿Cómo hice?
Nada, la electricidad tardó como dos segundos en regresar, como diría el inepto gobierno “solo fue un pestañeo”, que no dio tiempo a que tan siquiera se me medio secara la blusa y sentía burda de frío.
Me paré cojeando de la silla, con mueca de pena. A él le traicionaba la vista cada vez que me miraba lo obvio —no vale, la mancha de Listerine ¡mal pensada!—
¿Imagina qué me dijo?: “Nunca me había divertido tanto en mi trabajo, qué tal y como disculpa por tanto contratiempo me aceptas una invitación a cenar. Sí se va la luz, no importa porque cocinan a leña y se alumbran con velas”— pero bromeó diciendo que le daba temor que incendiara el restaurante—.
Me da miedo. Tiene que tener algún defecto. Fíjate que Alberto término siendo gay cuando juraba que luego de un año lo conocía al pelo.
Ahora entiendes porque no voy a ir esta noche, espero que la pasen divino y si vas a contar mi vista al odontólogo, por favor no seas tan detallista.
—Chaito, pues.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Querido Niño Jesús,


Este año no me porte bien, ¡ni por el carajo! Y no lo digo para disculparme de antemano, sino para poner las cosas en blanco y negro y así evitar que los dos perdamos el tiempo: yo excusándome y tú haciéndome ver mis errores.

Deseo comenzar agradeciéndote que mi papá haya salido ileso del ACV que lo hizo tambalearse al amanecer del 2008. Claro está, que la salud de mi gente y la prosperidad que haz puesto en ellos es cosa grande.

Gracias porque aún cuando el pobre de mi esposo ha deseado en secreto arrancarme la cabeza, no lo ha tan siquiera demostrado. Estoy consciente que las hormonas me ponen bien fastidiosa cada 28 días.

Por lo pronto te haré una petición mayor: haz un milagro y concédeme la talla 4, llévate todos los kilos de mi cuerpo que hagan falta para que esa bienaventuranza venga a mí.

Por favor, también tráenos un apartamento en Caracas que estoy hastiada de levantarme a las 04:00 am. Dicen que es bueno madrugar, pero estoy segura que quién inventó el dicho “el que madruga recoge agua clara”, sufría de insomnio y lo justificaba con esta frase.

No te pongas ingenioso trayéndome: pañitos de crochet, muñecos de cerámica de Lladró (también los odio), tampoco un escaparate, y menos un cuadro o espejo de marco dorado Rococó.

Si puedes concédenos un carro extra, el que tenemos le estamos dando mucha rosca. No espero que mi papá me herede en vida su camioneta, estoy consciente que yo saldría perdiendo con la cantidad de hijos que sumamos ya. Saco cuentas y creo que a mi me tocarían las bujías y eso sino sigue creciendo la familia. El volante es de mi hermano mayor.

Por cierto y hablando del tema, tráele a mi papá un Play Station, un Wii, un Nintendo, un tv de plasma, un DVD o algo que lo distraiga mucho para que mi herencia no se afecte aún más.

Gracias por Balú, nuestro hijo-perro nos trae muchas alegrías, excepto cuando quiere que lo paseen un domingo a las 06:00 am. Por favor, llévate sus ganas de pasear tan temprano.

Por mis amigos verdaderos te doy gracias de todo corazón. Y por los no tan verdaderos también, porque estos hacen que los primeros brillen cada vez más.

Cómo podía faltar agradecerte que mi hermano venga de visita esta navidad. Imagínate que me despierto con dolores en las piernas de tanto correr a abrazarlo en mis sueños. Si puedes regálame un viaje en el 2009 para ir a visitarlo y así conocer finalmente Ginebra y los kilómetros que la separa de Francia.

Tráele a mi esposo un negocio muy próspero, de esa manera podré dedicarme sin preocupación alguna a escribir mucho mejor más cartas como esta, considerando que estoy estudiando Escritura.

No dejes por fuera de tu bolsa muchísimo humor, del bueno claro está, para reírme con las carcajadas acostumbradas que sirven de elixir para el alma.

Para el mundo te pido buenas acciones, amor, justicia y el paso muy veloz de la crisis financiera. Tráenos la cura del SIDA, del cáncer, del Parkinson, del Alzheimer, de la tensión alta, del colesterol malo y de todas las enfermedades que se llevan tan lejos a nuestros seres queridos.

Para mi país te pido mucha cultura que nos levante, unión para vencer el mal y sabiduría para saber cómo hacerlo.

Paz, paz, paz y más paz.

Por supuesto incluye enseñanzas de todo tipo, pero no para aprender a los golpes porque así duele mucho. Me gustaría recibir muchos viajes y anécdotas, amanecer cantando de rumba con mis amigos, más navidades con mi familia y reírme de todos los disparates que se me ocurren.

Sería bueno más días como los de la fiesta de las Barbies en la bien llamada casa del ritmo y amaneceres con mi esposo como el de la fiesta con sus amigos los G.I. Joe’s

Quien te ama,

Natha

domingo, 7 de diciembre de 2008

Los Pocos Kilómetros de Francia a Suiza


En Guarenas, como cualquiera de las ciudades dormitorio que despiertan a Caracas, el tiempo transcurre distinto: el Huso Horario es diferente que en el resto del país: amanece a las 04:00 am. y a las 10:00 pm. ya es de madrugada.

Allí el sol sólo sale los fines de semana. Durante la semana al salir de casa está muy oscuro y al regresar también, por lo que me he hecho a la idea de que el sol únicamente se enciende en las ciudades en donde el movimiento es mayor y se requiere de su brillo para mantenernos despiertos, pero en las ciudades dormitorio, lógicamente, sólo se duerme. Entonces ¿para qué necesitamos el sol allá?

El viaje comienza a las 04:30 a.m. cuando enciendo el carro y arranca el día. Muchas veces el amanecer me sorprende cuando ya he llegado a Caracas y la holgura de tiempo me permite completar mis horas de sueño dentro del carro. Es inimaginable lo cómodo que puede llegar a ser una almohada de Winnie Pooh y un asiento reclinado.

Mi hermano, quien vive en Ginebra, le contaba el otro día a su profesora de francés sobre cómo es el viaje diario que debemos hacer para llegar a nuestros trabajos. Ella, del primer mundo, claro está, no le creyó. Alegaba que era imposible que si ella tardaba 45 min. de Francia a Suiza para darle su clase del día, yo tardara más de ese tiempo para transitar dentro del mismo país. Esta afirmación me hizo ver que tal vez la autopista Caracas-Guarenas en vez de 24 Km. tiene entonces 240 Km. o será qué nuestras vías son tan pequeñas como lo han sido nuestros gobernantes.

A pesar de que se me revuelve la bilis, ante La Serpiente de Monóxido que en su lento transitar se roba las horas que tengo para relajarme, cada día viajo y recolecto anécdotas en mi bitácora mental. En ese ir y venir, he notado que ni la mejor heladería del mundo debe producir helados tan suculentos como los que vende un señor al final de la Cota Mil dentro de una cava, que ocasiona unas colas fenomenales, por los clientes que recibe en el mero centro de la vía. Les aseguro que por vengarme del tráfico que produce, nunca me enteraré a qué saben sus bien cotizados helados de vasito.

Antes la Cota Mil tenía dos canales más hombrillo, pero ahora por obra de arte, tiene tres canales y punto. La Serpiente de Monóxido se comió el hombrillo y aún así sigue hambrienta. En ese lento transitar me da tiempo de admirar a nuestro Ávila, tan caraqueñísimo. Cuando lo recorro con la mirada me hace preguntar cada vez, como si estuviera en medio de una nota de éxtasis, cuántas criaturas habitarán allí, incluyendo insectos, animales, humanos, criaturas fantásticas. Seguro que si pudiéramos ver bien dentro de esa montaña encontraríamos hadas, unicornios, enanos, elfos, gigantes y así en esas, suposiciones paso las horas de mi viaje.

Durante la época de navidad en las mañanas, se pasea un señor disfrazado de San Nicolás, creo que debe ser el verdadero, que el Ávila hizo que cambiara el Polo por el trópico y vive allí. Él es idéntico al de todas los afiches navideños. Durante el resto del año también se le ve transitando la Cota Mil, pero vestido de civil. Supongo que usa su traje solo para celebrar los días de frío.

Un día por culpa del despertador, llegué a Caracas más temprano que de costumbre, para ser exacta a las 05:00 am., usualmente a esa hora el estacionamiento del edificio en donde trabajo está cerrado, no me quedó más que matar el tiempo transitando en los alrededores y a así llegué al Centro San Ignacio. Allí me conseguí con una manada saliendo de los locales luego de haber disfrutado, como pre-despacho, el concierto de Cerati. En esa fauna vi a dos chicas que parecían sacadas de la fábrica de Osmel Sousa, dándose golpes y debatiéndose el amor del "príncipe azul" que las separaba. Tal era mi ocio, que tuve que dar la vuelta a la manzana para saber en qué había parado la golpiza de esas dos doncellas: ¡Horror! Se estaban tirando vasos de vidrio. Como el príncipe azul no podía con ellas, terminó ayudándole un plebeyo de aspecto temible, que por el traje que usaba, supongo que trabajaba como seguridad del local. La humanidad de una de ellas era, al menos en tamaño, igual que la del Gorilón que ayudaba a separarlas. Pero tal era su euforia que inclusive a él, que se parecía a Mr. T, le costaba dominarla.

Último round y ¡clin!: la contienda la ganó la doncella más bajita. Al menos eso parecía cuando noté que su trofeo azul le reclamaba tan innoble espectáculo.

Segurito que en esa mañana hubo un cambio de solsticio, y por eso el amanecer se hizo eterno, o eso fue lo que entendió mi vejiga, que minutos atrás había distraído su urgencia con la historia épica. Conseguí una arepera para calmar mi apremio fisiológico. Estacioné el carro, me bajé corriendo y de cerquita me dijo un chico algo alicorado:
—Por favor mueve el carro, que me estás trancando.

Tuve que volverme a montar, quitar el tranca pedales, encenderlo y moverlo trancando a otro más. No llegaba, sentía que no iba a tener tiempo de llegar al baño. Me bajé corriendo.

Se me volvió a acercar el mismo borracho. Ante el desespero que sentía para ese momento la connotación de borracho era muy justa. Me dijo:
—Por favor, mueve el carro otra vez que ahora va a salir mi amigo —mientras lo señalaba y otro lo correteaba para que se montara.

Ahora sí, no creía llegar. Me volví a montar, esta vez me ahorré quitar el tranca pedales porque no lo había puesto. Lo moví, me bajé con cara de pocos amigos, entré directo al baño y gloria a Dios en las alturas, no mojé mi pantalón, aunque suene a cuña de Securezza.

lunes, 20 de octubre de 2008

Piel



Quería meterse en su piel para fundirse en él. No tenía manera terrenal de acercársele, para ella estaba vetado lo que le producía un gran dolor que hacía arder la perla de su corazón.

Les unía la pasión, eran cómplices sin pretensiones más allá de lo obvio. Ella no esperaba más de él, no podía esperar más. Se llenaba de vida cada vez que compartían los momentos que se dedicaban, instantes en que él desnudaba su alma y se entregaba libre, sin temores, sin conciencia.

Guardaban un pacto tácito, libre de exigencias y de reclamos. En él habían pernoctado muchas, por sus manos se habían deslizado todas, tan efímeras. En cambio ella sería para siempre y quien a pesar de sus vaivenes estaría aguardándolo, aceptando la realidad con la frialdad de su piel.

Se las pudo ingeniar para que lograra llenar sus días. Decidió dejarse guiar para escribir desde él, desde su imaginación poco normal pero tan pura y fantasiosa. Este era el medio perfecto para poder atraparlo.

Junto a él dibujó lo más incierto, lo fantástico. Desde él se inspiró para escribir. Se sumergió en su mundo. No deseba cambiarlo, lo aceptaba tal como era, con sus ataques de furia como el que se ha contenido por mucho tiempo y solo es entendido por unos pocos, con su ternura tan particular cada vez que expresaba desde su esencia todo lo que estaba en su interior. Juntos se complementaron y lo que era solo un deseo se volvió realidad cuando sucumbió a lo que tanto había tratado de enterrar, lo que tan ferozmente había negado.

Era ella el motor, estaba llena por dentro. Era él la esencia y toda la conciencia. Se dejaron llevar, escribieron así la historia que aún nadie conoce. Guardan un pacto silente del que solos pocos tienen el privilegio. No cualquiera tiene la fortuna de escribir con ella en la piel, no todos pueden sentir lo que significa poseerla y devolverle el calor que tanto anhela. Su piel guarda su firma, su huella es indeleble.

No todos los escritores la han acariciado, pero quien lo hace se consagra como tal en la exquisitez por el simple hecho de revivir su memoria, la memoria de Greta Garbo de Montblanc.


Cabaret


Se valían de su belleza para atraer al público. El premio de la noche: llevarse a una de ellas a casa.
Se escuchaba en el fondo a Edith Piaf, brillaba el ambiente art decó esa noche tan especial y glamorosa, el cielo estaba tupido de estrellas acompañado por una luna tan brillante que inundaba el corredor del lugar.
Se reunió allí toda la elite de la ciudad de Lamp. Todos se observaban y regodeaban entre sí, cualquiera hubiera podido pensar que algo ocultaban, lucían sospechosos.
Allí estaban todas, exhibiéndose bajo la luz de los reflectores que resaltaban su evidente belleza, tan desnudas, tan obvias, no solo ellas sino el público que las observaba. Todas eran deseadas, todos querían poseerlas cuando al menos a una.
Paquito y Miranda. Estos dos nunca se separaban y nadie conocía el nexo que los unía, eran el tema favorito de las tardes de té entre las señoras sedientas de ocio. Habían llegado sin rastro a la ciudad de Lamp, que era tan grande como el ojo de un guisante. Estos dos no tenían mucho tiempo de haberse infiltrado entre los lugareños.
Un año atrás Paquito le había jurado a Miranda que esa noche no se iría con las manos vacías.
Comenzó lo que era una especie de subasta.
-Buenas noches, deseo comenzar presentándoles a nuestra Marlene Dietrich, dijo el presentador.
Sí, todas tenían nombres artísticos. Ellos comenzaron a pujar para ganarla y quien se la llevó pagó una suma que justificaba su hermosura.
Guardaron a la mejor para el final de la noche. Los reflectores apuntaron para iluminarla. El presentador engoló aún más la voz para otorgarle la importancia que esta tenía.
- Su piel semeja al marfil y solo se cubre de perlas, con Ustedes nuestra muy querida Greta Garbo
Todos voltearon a verla, se comenzaron a escuchar murmullos carentes de admiración, llenos de sorpresa. El presentador volvió a llamarla al escenario pero hasta el director de escena quedó perplejo al ver que se había marchado. No estaba. Alguien la había raptado y la había liberado del cristal que la cubría.
Esa misma noche, mientras todos estaban allí reunidos Paquito y Miranda desaparecieron sin dejar huella, evidentemente ellos se la habían llevado. Nada en estos dos había sido cierto, ni siquiera sus nombres, tampoco su estilo de vida, dijo más tarde el comisionado de la policía.
Era entrada la madrugada, cuando huyeron en un convertible rojo de asientos de cuero blanco a toda velocidad, evitando ser apresados, ansiosos por estar lo más lejos posible de la ciudad de Lamp y de su gente pero sobre todo de la policía.
-No pierdas tiempo y sácala de la cajuela que quiero saber si está bien, espero que no haya sufrido ningún maltrato. Dijo él
Ella la sacó del estuche y juntos evidenciaron su belleza, inmaculada, no había sufrido daños. Para él que no hubiera podido pujar por esa pluma Greta Garbo de Montblanc bien valía el susto que habían pasado.
Días más tardes los habitantes de la ciudad aseveraron que fueron timados de muchas maneras. Estos no solo se habían llevado la estilográfica del concurso, sino que también aprovecharon el resto de la noche para llevarse de sus casas un Picasso y un Dalí que seguramente ya los tendrían colgados en la pared.

domingo, 19 de octubre de 2008

En la Punta de tus Dedos


La habitación quedaba en el patio trasero. Era allí en donde él trabajaba en medio del olor de la tierra y de las paredes húmedas y avejentadas. Había una cama muy grande, rodeada de tela de mosquitero en donde a veces descansaba, también muebles muy viejos, entre estos un gran escritorio y una silla. Del techo del cuarto contiguo colgaban murciélagos, cientos de ellos que revoloteaban siempre cerca de las seis de la tarde.
Al entrar a esa habitación, en la que se encerraba solo con sus pensamientos, quedé atónito al conseguir sangre esparcida que manchaba todas las paredes del cuarto. Era la sangre del cuerpo sin vida que recién había sujetado en sus manos y que ahora solo le acompañaba.
Él estaba en calzoncillos, montado en una silla que le hacia llegar un poco más arriba en la pared. El sonido ensordecedor de la lluvia acompañó el horror que llegó a mí al ver que con su sangre densa, oscura y de olor característico que inundaba el ambiente y se mezclaba con el resto de los olores, escribía sin mucho sentido palabras que salían de su mente, de sus manos, de sus dedos. Alcancé a verlo en el justo momento cuando escribía en la pared, con el brazo bien estirado- como queriendo llegar lo más alto posible- cada uno de sus pensamientos mientras que el cuerpo de ella, aun caliente por el contacto de haber sido poseído, yacía totalmente inerte tirado sobre la mesa. Él le daba vida, pero también había logrado arrebatársela. Se poseían mutuamente y solía referirse a ella como “su Greta Garbo”
Luego que usó su cuerpo y plasmó con su ayuda todo lo que pudo, la dejó allí, totalmente abandonada y vacía. Le había extraído hasta la última gota de su savia, depositándola en un pequeño recipiente. Con la desesperación del incomprendido, tomaba de allí lo que necesitaba con la punta de sus dedos. Se dedicó a escribir con su tinta, con su sangre, lo que nadie se había detenido a escuchar y el cuerpo comenzaba a enfriarse con la rapidez del tiempo que no se considera.
La lluvia cesó. Poco después de escucharme entrar volteó despreocupado y me miró desde lo alto de la silla, sonrió como un niño y se encogió de hombros sin justificarse, apacible, ajeno al pecado y al resto del mundo, sacándome del estado de shock en el que me había sumido el repentino aleteo de los murciélagos.
Le temblaba el pulso mientras lo ayudaba a bajar de la silla, los años le habían arrebatado la destreza que aún había en su mirada. Una vez con él abajo tomé de la mesa el cuerpo de “su Greta Garbo” en mis manos, la volví a inyectar de tinta que era su sangre y le coloqué la tapa a esa pluma Montblanc que había pasado por todas las generaciones de mi familia, la debía cuidar porque el próximo en heredarla como primogénito era yo.

domingo, 24 de agosto de 2008

De vuelta a lo básico

¿Estás allí? Corre…
No tengas miedo de voltear. La regla indica que si volteas vas a perder tiempo y caerás.
Solo síguelo. Sigue tus instintos con la profundidad a la que solo ellos te pueden conducir. Muy seguramente te desilusionarás, pero eso solo logrará retarte o si te cansas lo suficiente abandonar, eso es solo el principio.
Claro que llegarás. ¿Cuánto has hecho para poder ser o estar?
Mira con claridad.
¿Cuántas veces renunciamos a nuestros sueños? No una vez sino varias veces, en distintas etapas de nuestras vidas. A los 6 años quería ser bailarina clásica, gimnasta como Nadia Comanecci, astronauta como Neil Armstrong o publicista luego de enamorarme del comercial de los 80’s del refresco Laim Free en donde aparecía Agusanta pedaleando una bicicleta . A todas estas opciones las desfloré como a una margarita, quedándome con la primera y la última opción, pero lo que más he amado es el ballet.
Hoy en día, honestamente, me doy cuenta que la mayoría de nosotros nos pasamos la vida renunciando a lo que nos gusta: vicios, metas, sueños, objetos, personas…esta última es la que más duele.
Hemos renunciado a nosotros mismos muchas veces, nos hemos deshumanizado y perdido el contacto con lo básico, con lo esencial y tal vez en esa búsqueda es que conseguimos en las noticias historias sorprendentemente inspiradoras o sorprendentemente aterradoras.
Al parecer, lamentablemente la dignidad hoy en día tiene precio o al menos eso parece ser, cada vez que tragamos grueso para evitar explotar diciendo lo que pensamos, lo que sentimos por el temor de terminar perdiendo mucho más que “solo” la dignidad.
Mucho vemos a quien no le importa perder su mayor anhelo a cambio de nada.
Recientemente asistí a una conferencia de dos personalidades a quienes admiro mucho, el primero es, en mi opinión, el mejor bailarín de todos los tiempos: Julio Bocca y el segundo uno de los grandes músicos con mayor proyección internacional que ha tenido Venezuela: Gustavo Dudamel a ellos los entrevistaba Leonardo Padrón. Fue en muchos sentidos interesante, escuchar la opinión que tiene cada uno desde su óptica, desde el balcón donde miran las cosas.
Les preguntaban sobre su niñez, sobre los sacrificios que habían asumido para llegar a donde estaban y sobre lo precoces que habían sido. Con una clara humildad respondían cada una de las preguntas que les hacían, lo curioso estuvo en que dejaron claro que para ellos no era sacrificio, sino esfuerzo y esto seguramente pasa cuando se está muy seguro de lo que se quiere lograr en la vida.
El esfuerzo que ambos han hecho hasta ahora no ha sido cosa sencilla, pero esto no es un peso para aquel que siente verdadera pasión por lo que hace. En la seguridad de estar haciendo lo que más aman ambos coincidían que no hicieron lo mismo que sus contemporáneos, sin embargo eso no les molestaba porque habían hecho lo que más amaban.
Abandonamos nuestros anhelos para solo quedarnos en una zona de confort que se carcome los años, cuando nos damos cuenta ha pasado tanto tiempo y tantas cosas mientras estuvimos parados en el mismo sitio, sin accionar nada que nos acercara a “ese no se qué” que nos llena de tanta vida, pasión e ilusión.
Así que visto desde este balcón donde me encuentro, creo que es mejor seguir, no detenerse y dejar de auto-sabotearnos, porque si lo analizamos ya es demasiado con el freno que nos ponen las obligaciones, los compromisos e incluso quienes nos rodean como para también actuar hacia nosotros mismos con ese freno de mano que solo logra paralizarnos y ver los toros desde la barrera. Mejor brinquemos ese cerco, embarrémonos, corramos con los toros y equivoquemos, arrepintiéndonos solo de lo que dejamos de hacer y no de esos momentos que nos cortaron la respiración luego de sentir que nuestras entrañas se estremecían de vida y de emoción por vivir.
Estamos vivos carajo! No podemos enterrarnos en vida en la monotonía de lo cotidiano, de lo predecible y del miedo a equivocarnos o a ser rechazados. Así que volvamos a lo básico, corramos para no perder más tiempo.