sábado, 25 de junio de 2011

Lo Verdaderamente Importante

Como muchos, tengo rato dejando de hacer las cosas que realmente me gustan hacer por hacer aquellas que, a decir verdad, me gustan menos pero pagan las cuentas.

Al fin y al cabo las cuentas que realmente interesan en este mundo son las que nos rendimos a nosotros mismo.

Cuando me complico con algo, me disgusto por algo o pienso que estoy haciendo el ridículo con algo, me calmo pensando que ¨eso¨ me esta restando felicidad y robando tiempo. Se que pierdo el tiempo cuando no hago cosas como para recordarlas de aquí a 50 o 60 años.

Las cosas que nos hacen vivir son aquellas con la que llenamos de emoción nuestros días, las que nos dejan ese sabor del que no queremos desprendernos, un aroma tan delicioso que sería mejor pasar una vida sin bañarnos que restarnos ese tufito con cualquier jabón que solo nos lleva muy lejos de nuestra memoria.

Es por eso que ahora me dedicaré más a escribir y llenar mi blog con la manera en que veo las cosas. Solo así al pasar del tiempo podré mantener lo verdaderamente relevantes.

Espero entonces de mi parte y en nombre de los placeres, dejar las cosas menos importantes a un lado y pasar más por estos lares a dejar mis textos.

Nota: La foto es de Willy, tomada desde nuestra casa

jueves, 4 de noviembre de 2010

A mi papá se lo llevó la cigueña

Nos contaron que a los niños los traían las cigüeñas, pero descubrí que en realidad se los llevan.

Era el inicio como reportero de Juanito Jones, un joven recién graduado en la promoción del ’63. Ese día, su editor en jefe le exigió que no regresara al periódico sin una noticia extraordinaria del acontecer caraqueño.

Juanito, muy preocupado salió a buscar algo impactante para saciar la sed de escándalo que tenía su jefe. Quería lucirse y quitarse el mote de “nuevon”, con el que fue bautizado por sus compañeros de oficio. No quería ir a la morgue a buscar más de lo mismo, no quería ir al palacio de justicia a ver injusticias ni mucho menos toparse con alguna marramucia política.

Ya desesperanzado por no tener un reportaje fuera de lo cotidiano decidió regresar con renuncia en mano al periódico. Meditabundo tomó el camino largo atravesando el parque, cuando a lo lejos se elevó un pajarraco con algo grande y pesado en el pico. Se escucharon gritos, el ronroneo de una moto, e inclusive pudo llegar a ver el vuelo rasante de una chaqueta de cuero. Corrió hasta el lugar para investigar qué había pasado y consiguió esta fotografía: un niño cargado y besado por una señora (que no parecía su mamá), un guardia nacional montado en su moto felicitado por un señor (que bueno, podía ser el papá) y a una multitud que arropaba la escena cual extras de película.

Juanito le preguntó a un señor que tenía cerca qué había ocurrido, el por qué tanto alboroto. Ante las respuestas que consiguió decidió que esa iba a ser su historia del día, mejor aún de su carrera.

Al llegar a la redacción del periódico se sentó a escribir la historia armando este complicado rompecabezas en el que se habían convertido sus notas. Este hecho no sería nada sencillo de contar por lo insólito que resultaba para cualquiera.

A todos le hizo la misma pregunta: —Por favor, me podría decir ¿Qué acaba de ocurrir? Lo que recopilo fue lo siguiente:

Señor de sombrero: —Escuché una señora gritando “¡Salgado, hálalo por los pies!”. Pero no entendía, porque cuando miré al cielo vi a un garzón soldado que llevaba una buruza negra en el pico. El señor luego de espantar al ave para que se fuera, lo que logró fue que el pajarraco soltara lo que llevaba en el pico. Era el muchachito ese, que usted ve allí. Apuntaba con la boca.

Heladero Haitiano: La señior asustó la cigüeñe. Dejó al niño caer y el señiora cargó a ese bebe que parece a mi sobrina.

Señora chismosa: Mire Sr. Reportero, los padres del muchachito son aquellos dos de allá (también con el piquito de la boca). Yo estaba sentada en el picnic de al lado de ellos, cuando ella le juraba al esposo que en su familia sí había gente con ese semblante y por eso el muchachito se los habían enviado así. Él, convencido de que era un error en la repartición de bebés de la cigüeña le decía a la esposa —Mi amor ya verás que si logramos que se lo lleve, nos traerá al que es—Pero nada mijito, porque mira que por más que le pagaron al guardia nacional para que hiciera ruido con la moto, no lograron espantar al ave. Ya sabrás tú que mide como 1,30 o sea no estamos hablando de una palomita o del pájaro chogüi, noooo que va ¡Era un garzón soldado! Hasta el supuesto papá de la criaturita (cuando lo veas te convences de que es criaturita y no niño), se quitó la chaqueta y la tiró al aire para alejarlo, pero nada. Y digo yo este muchacho —golpeando mi hombro— ¿a eso se le puede llamar milagro? Noooo ni de vaina, a eso se le llama voluntad infantil, verás tu mi amorrr, por más que lo tiró desde cierta altura el niño cayó al suelo y en vez de llorar fue a abrazar a la señora esa, que disque es la mamá (aunque es catirita) —entre dientes—.

Joven Hippie: Brother, o sea, yo estaba aquí elevándome, contemplando los árboles y de pronto vi a unos pures con su nenuco allí, que tal. Luego sabes, una beldad de cigüeña se les acercó para olfatear al chamito, era hermosa, grande, con plumitas y tal. No sé por qué los pures del chamito se enrollaron cuando ellos pactaron ir a volar juntos ¿me explico? Entonces el pajarito ¿te comenté que era bello? En fin, el pajarito elevó al nenuco casi por el espacio sideral. Pero ya sabes cómo son los vejetes. Te cuento Bro, que el paco armó un escándalo con la moto, el pure le lanzó la chaqueta y la doña se deshizo en gritos y hasta le tiró los tacones al pobre pajarito. Qué triste es el capitalismo salvaje, ellos querían pactar con el ave que era bellísima y libre de karmas cambiando las cosas materiales por su propio hijo. O sea my brother, es decir, que pa’ ellos el chamin vale una chaqueta de cuero y par de tacones rojos.

Guardia Nacional: Bueno ciudadano pero qué pregunta es esa, acaso no vio lo qué ocurrió. Igual le voy a informar para que esté al tanto de la verdad oficial de los hechos acaecidos aquí en la tarde de hoy. Yo estaba cubriendo un cuatrocerocho —código para cuando no hacen nada—, eso es una operación tipo comando de reconocimiento recreacional del publico adyacente a las instalaciones del parque, vigilante de las buenas costumbres y modales del ciudadano. Llegué a la escena del suceso cuando un ciudadano niño molestaba a un pajarito con un una rama, cuyo cual se incomodó con tal comportamiento y se lo llevó para montarlo allá —también con el pico de la boca— en el arbustico ese. Pero en el cuartel nos enseñaron que es mejor decir aquí corrió que aquí murió, entonces yo como garante de justicia prendí mi moto para huir de tal violencia animal, pero de alguna modo disguste al pajarito porque soltó al ciudadano niño. El padre claro que quedó agradecidísimo por mi acto de valentía y entrega a la comunidad recreativa y hasta me dio la mano para gratificar mi increíble gestión. ¿Tú me echas un retrato para acompañar el informe periodístico? Así tal vez mi comandante me ascienda.

Borrachito: Aaaayyyy eso fue divertidiiiiisimo ¡Hip!. Hacía rato que volaba un garzón soldado del tamaño de un Boeing y aquí abajo ese carajito llora que te llora ¡Hip! Cuando el papá lo calmó y lo dejó caminar, el pájaro lo confundió con una lombriz y zúassss se lo llevó ¡Hip!. Yo te digo, tengo hambre de la brava y el carajito es bueh… ¿comestible? ¡Hip! Lo cierto es que si no se lo zampaba el pajarraco, me lo comía yo ¡Hip! Total, los padres ya lo habían pasado por las brazas, les quedó tiznadito y estaba sólo de meterle un buen mordisco y calmar mi desespero estomacal ¡Hip! No tenía buen aspecto como para hincarle el molar ¡Hip! Pero a estas alturas no me voy a poner exquisito ¡Hip! Como lo que haiga y punto en boca. La doña le tiraba taconazos al garzón, comiquiiiiiiiiiiisima y el señor como que quería arroparlo lanzándole la chaqueta, que entre nos ¡Hip! Si caía aquí cerquita me la comía también.

Juanito Jones trabajó un poco la historia que resultó así:

Era una tarde soleada el día en que los señores Salgado salieron de paseo con su pequeño hijo al parque.

Alfredo, de apenas 4 años jugaba con otros niños más grandes que trabajaban de limpia botas en las instalaciones del parque. En eso una cigüeña garzón soldado pasó queriendo llevarse a alguno de ellos. Abrió su enorme pico y atinó llevándose a la criatura más pequeña, mientras el resto escapó por la viveza que les ha dado la calle.

El ave voló alto, azotada por los gritos de la madre que gritaba desesperada al esposo —Salgado, hálalo por los pies— El padre corrió detrás del ave, agarró una rama para pegarle, le lanzó su chaqueta de cuero, le gritaba pío pío pajarito, pero nada convencía al ave de regresar al pequeño.

La madre que gozaba de excelente puntería ya desgarrada por la desesperanza, se quitó los tacones y se los lanzó al garzón soldado pero aún así el pájaro les respondía en vuelo fénix que esa presa ahora le pertenecía.

Los niños limpia botas le lanzaron risotadas, el borracho del lugar le tiró una botella vacía, una señora sentada junto a ellos rezaba en voz alta, un heladero haitiano hacía sonar con estupor las campanas de su carrito pero ni siquiera así el ave regresaba la criatura a los brazos de sus padres. Todos bailaban una danza al son del ave, que de vez en cuando se acercaba y se alejaba de ellos demostrando que tenía absoluto control de la situación.

A la escena llegó un guardia nacional en moto, que se encontraba patrullando el área. Al percatarse de la situación, hizo roncar su motor astutamente, asustando así al ave que finalmente, luego de 1 hora de lucha, decidió soltar al infante.

Es de mucha preocupación el maltrato animal que reciben los animales en este parque. El Dr. Cunaviero, psicólogo animal, comentó que esta especie sufre del síndrome del nido vacío una vez que los pichones crecen y se van. Según estudios previos, el garzón soldado adopta a otras especies que guarden alguna similitud con sus crías y los llevan hasta sus moradas para cuidarlos.

Lamentablemente las instalaciones del lugar están un poco descuidadas. El público está alimentando a las aves con cualquier tipo de cosa, se recomienda supervisión y educación asertiva al ciudadano.

Exhortamos al ministerio del ambiente a tomar las medidas justas para la conservación de la especie, es preocupante que estas deban sortear su vuelo en medio de cuanto objeto, muchedumbre y ruido haya a su alrededor.

Juanito Jones.

sábado, 2 de octubre de 2010

domingo, 28 de junio de 2009

Desde el jardín de mi niñez


Mis padres aún no habían terminado el bachillerato. Ella iba a clases con pantalón, camisa beige y panza de 8 meses. Mi papá iba con uniforme, afro, piedras para tirarle al módulo de la policía, música y buen humor.

Apenas salimos de la clínica fui a vivir a la casa de mi familia paterna, hasta el día en que me casé.

¿Qué fue de ellos dos? Ganaron una beca para estudiar economía en Rumanía y se fueron a esa fría dictadura, cuando yo tenía unos meses de nacida. Crecí con toda mi familia paterna y cuando digo toda les hablo de un gentío, saquen la cuenta: mi papá tiene ocho hermanos, a ellos súmenle mis abuelos quienes siempre he considerado mis padres, mis tíos los hermanos de mis abuelos y algunos primos, en esa época no habían nacido todo el bandón que son hoy en día, asunto ventajoso para mi hermano y para mi considerando que condensaban todo su amor en nosotros dos.

Mi padres regresaron a Venezuela en años distintos: tenía 7 años cuando él llegó, con una bebida achocolatada deliciosa como ninguna, dominó de maderita con dibujos de animalitos, guitarra clásica, acento raro y cara de curioso.

Ella regresó 2 años más tarde. Un día en medio de una de las tantas parrandas que se arman en la casa de mi mamá tocaron el timbre, al abrir allí estaba: sigilosa. Las dos pusimos cara de sorpresa, nos reconocimos y quedamos como congeladas. Recuerdo que pensé “la señora de las fotos si existe” y la verdad es que era tan bella como se veía. Lo curioso es que hoy en día ella sigue allí, congelada.

Mi hermanito nació en Bucarest, lo enviaron a Venezuela cuando tenía dos años. Fue el mejor regalo que recibí: nos dimos golpes todos los días del mundo, fuimos cómplices de muchas travesuras, estudiamos la primaria en el mismo colegio, era con quién más me divertía en el mundo.

Mi papaíto –el papá de mi papá- vivía en un pueblito llamado Santa Lucía. Acostumbrábamos a ir allá los fines de semana cuando no visitábamos los museos, el ateneo de Caracas, el cine o el teatro. Su casa era modesta y bellísima, ese lugar tenía la magia de detener el tiempo. Para entrar debíamos bajar dos escalones que conducían a la sala de cemento pulido, en donde había un juego de muebles vino tinto y un televisor naranja a blanco y negro. A la sala le seguía la cocina con estufa de kerosene, al encenderla se mezclaba con la brisa de las 5 de la tarde, produciendo un aroma tan divino que aún lo tengo en mi memoria. Seguramente a eso huele el camino al cielo, bueno a eso y al aroma del cuello de mi mami.

En medio de ese jardín parecido al Parque del Este, teníamos dos barriles como los de petróleo que solían llenarlos con agua hasta el tope, en donde nos remojábamos el día entero mi hermano y yo, dejando afuera solamente la cabeza y las manos para poder aguantarnos del borde y no hundirnos. En esa maceración pasábamos el día entero, salíamos siempre muy arrugados.

Los días de escuela mí mami –la mamá de mi papá- nos preparaba la lonchera, siempre era gourmet, no sabía con qué me iba a conseguir: todo lo envolvía en servilleta para evitar que se le pegaran “las partículas del papel de aluminio”. Por lo general me daba hambre antes del recreo y, queriendo pellizcar mi desayuno durante la clase, comenzaba una lucha silente dentro del reducido espacio de la lonchera. Era una guerra campal entre mis deditos y la servilleta sudada por el vapor de la comida recién preparada.

Los jugos. Esto merece un punto aparte porque los jugos que me preparaba mi mamá me hicieron famosa y hoy en día, que sigo en contacto con mis amigos del colegio, sé que me recuerdan por ellos. Los jugos no eran normales, es decir, de parchita, de naranja, de melón. No señor, eran de tomate, de pepino, de zanahoria y de un montón de cosas raras de las que ella garantizaba sus poderes mágicos para tener vista de rayos láser, olfato canino y la fuerza de Súperman.

En los carnavales nos compraron el disfraz de Batman para mi hermano y el de la Abeja Maya para mí, terminaron los carnavales, la semana santa, día de la madre y del padre, las vacaciones escolares, el regreso a clases, el día de la raza e inclusive las navidades y nosotros seguíamos disfrazados. Fuimos un dúo de superhéroes a los que el niño Jesús les trajo un par de bicicletas e hicimos de ellas “la batibici y la bicimaya”. A veces no nos dejaban salir disfrazados, pero la mayoría de las veces nuestras identidades quedaban en el anonimato gracias a nuestros súper trajes.

La navidad en que recibimos las bicis me llamó San Nicolás por teléfono, me dijo “Natha, disculpa que esta noche no voy a llevar tu bicicleta, sólo voy a dejar la de tu hermanito. Resulta ser que al salir de la casa de tu tío Franklin se me cayó del trineo, rompió el techo de la casa y quedó adentro. Ya hablé con él para pedirle el favor que la lleve mañana para tu casa porque tengo muy poco tiempo para devolverme, debo seguir entregando regalos”. Colgué, todos alrededor esperaban que les contara qué me había dicho, pero quedé muda de la emoción, había conversado con el mismísimo San Nicolás. En la mañana siguiente recibí un montón de Barbies y aún hoy no se qué me emocionaba más si los juguetes o las cara de ilusión de mis tías que se arrastraban en el piso con nosotros a armar, abrir y poner pilas a cuanta maravilla recibíamos. La bicicleta apareció ese 25 de Diciembre con mi tío, quien me contó que estaban durmiendo cuando escucharon un ruido fortísimo, al asomarse vieron el techo roto, mi bici adentro con una etiqueta que advertía que era mía. Antes de seguir su rumbo, San Nicolás hecho polvo mágico y reparó el techo. Aún no conozco a nadie que haya pasado por eso, pero me consta que el Ministerio de Trabajo guarda reporte de ese accidente laboral.

Mis tías tenían muchos amigos, consentidores como ellas. Un día, ellas inventaron un bautizo de muñecas e invitaron a la casa a un montón de niñas que se hacían acompañar de sus muñecas para oficiar la ceremonia. Quien hizo las veces de cura también era el padrino del bautizo. Trajeaba una imponente capa que hacía las veces de sotana, llegado el momento hubo un profundo silencio mientras observábamos con admiración cómo caía en agua sobre la cabecita de mi amada Lulú, sólo se escuchaban sus palabras y el chorrito de agua cayendo. Luego secó sus cabellos de estambre con un pañuelito de mi mamá y la bendijo. Desde ese día y hasta hoy me sigue llamando “comadrita” y yo orgullosa le respondo “dime, compadrito”.

En esa época ya éramos un gentío. Hoy sólo falta mi papaíto porque se mudó al cielo.

Todos nos reuníamos en navidad, tal como lo seguimos haciendo hoy en día para formar la parranda navideña, era como se ve en las películas pero a la venezolana, es decir, con 2 cuatros, tambora, furruco, maracas, panderetas de chapitas, dulce de lechosa, pan de jamón, torta navideña, ponche crema casero, litros de Pepsicola, tenores, barítonos, sopranos, afinados y desafinados. Cantábamos desde el comienzo de la tarde hasta bien entrada la noche, mientras desfilaban amigos y familiares que no se perdían por nada la famosa parranda de los Salgado. Todos entraban y salían de nuestra casa. En un punto de máximo acorde alguien gritaba ¡que comience el intercambio de regalos! Para dar paso a la canción que por excelencia llevaba el ritmo del “dame que te doy”, al finalizar hacíamos guerra de papel de regalo. En una oportunidad salimos hasta la calle, cada uno con instrumento en mano, para despedir al ritmo de los aguinaldos a una tía que había ido acompañada de sus perros, un Chauchau y un pastor alemán, los vecinos se unieron al canto y al bochinche. Ahora que estamos adultos, nos empeñamos en que la tradición pase a las generaciones de relevo y ojalá el día de mañana seamos mi hermano y yo los anfitriones de la parranda de Los Salgado.

El Morral



"El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor"
Miguel de Cervantes Saavedra


Súmenle a la madrugadera, al tráfico, a la dieta, a la economía y al caos, ser celoso.

Tal vez antes había tiempo para serlo. Antes, cuando las mujeres pasaban el día en sus casas luego de despachar a los niños al colegio, de preparar la comida del día y de terminar de ver las tres novelas de la tarde, quedaban atrapadas en unas horas en donde todo estaba hecho. No tenían en qué ocuparse, se quedaban suspendidas en el limbo. A esa hora calurosa y lenta, seguramente inyectaban algo de adrenalina a sus vidas imaginando en quién o en dónde estaba metido “su fulano”.

Hoy en día no tenemos tiempo sino de vivir la realidad, de enterarnos un día cualquiera que “nuestro fulano” se siente confundido y necesita un tiempo. Al menos de esta manera, no sufrimos la vez que lo imaginamos y la vez que lo confirmamos.

Así que saqué de mi morral lo celos porque pesan mucho, sólo quedó la madrugadera, el tráfico, la dieta, la economía y el caos.
http://ascensordepelaez.blogspot.com/2009/05/el-morro.html

Nuestro primer cadáver exquisito


Vete lejos, vete silente, vete despacio, tan lento que mejor te quedas.

http://ascensordepelaez.blogspot.com/2009/06/nuestro-primer-cadaver-exquisito.html

miércoles, 15 de abril de 2009

De Doña Tremebunda y La Muerte


José Vicencio no entendía cómo es que lo tenían de aquí para allá sin aparecer en ninguna de las dos listas: ni en la del cielo ni en la del infierno.
Por el error que yo había cometido decidí seguirlo. En las alturas, San Pedro le pedía: —Por favor muévase, no ve que tiene la cola frenada y la gente ya empieza a reclamar. No está en esta lista y punto mijo, así que chequee abajo y en su conciencia, que algo malo hizo como para no entrar aquí.
Lo curioso era que cuando bajaba a consultar su visa de residencia al infierno, el diablo le advertía:
—Hermanito, hasta para entrar aquí hay un filtro que respetar y no es por burocracia, ojo. La admisión no es así como así, no se trata de “ay, dije una mentira” y entré. No que va, debes ser malo de verdad, malo maluco y aquí como dijo mi compadre, por ahora; no estás. Mi pana, arranca en Fa que estorbas. Muévete pues, no ves que vienen un pocotón de diputados y ministros de tu país. Aunque si me pasas algodón, tu sabes, un pedacito de alma, por ti hasta me hago el loco y bueno… entras.
Se asustó con esa propuesta, la cual no aceptó.
Subió y se sentó en un banco ubicado justo en el medio de la mitad, miró el cartel que identificaba esa avenida como “El Limbo”.
¿Cómo es? Bueno, es desolado, todos andan con cara de ¿Y qué hago yo aquí?, no es ni sepia ni monocromático, no es lúgubre ni iluminado. El Limbo, tiene el color y el olor de la desesperación. Es un lugar muy particular y difícil de imaginar para quién no lo ha visitado.
José Vicencio analizó su situación con cabeza fría, cómo si el frío del lugar no bastara. Recordó algo: tenía esposa: Doña Tremebunda Melquíades, quien definitivamente era como su nombre: imponente, rimbombante, de ceño fruncido y gañote agudo.
¿Acaso estará ella en la lista del cielo?, ¿Mi bien amada Treme me acompañará?, se preguntaba con un dejo de esperanza.
Al son de arpas, violines y aroma a lavanda, llegó nuevamente al cielo diciéndose: “Está bien, es jodida, pero es una buena mujer. Si yo estoy en El Limbo, es porque segurito me están haciendo esperar por ella. Total, al cielo también se va en pareja”.
Ding dong, tocó el timbre.
—Ya estamos cerrados, mire el cartel—, advertía San Pedro desde adentro.
Volvió a llamar, como si la cosa no era con él. —Disculpe que lo moleste nuevamente, Santo— rechinaba la pesada puerta, mientras le abrían
— ¿Usted otra vez? Mijo no insista, no aparece aquí. ¿Ya se revisó allá abajo? ¡Allí no por Dios, no sea soez!, me refería a sí se revisó en la lista del infierno.
— Bueno mi Santo, disculpe la molestia— Y con mano en pecho continuó diciéndole —yo vengo a chequear si mi esposa, Doña Tremebunda Melquíades, a quien le juro por estas 5 cruces que amé y le fui fiel, de casualidad está en su lista.
— ¿Su esposa dice? Cosa más rara ustedes los hombres: pasan la vida quejándose porque son fastidiosas, pero apenas llegan aquí, preguntan si están en la lista. No entiendo, o lo hacen para asegurarse de que realmente están lejos de sus “amadas” para pedir asilo en el bando contrario al de ellas— señalaba hacia abajo con la boca, —O porque no soportan la idea de sentirse acompañados de ustedes mismos—, sonrió con malicia San Pedro.
Se sintió gafo, José Vicencio no sabía que en el cielo había de eso. Ah, pero para ser San Pedro, hay que tener malicia, si no entra cualquiera.
—Entonces mijo—, proseguía San Pedro — ¿Cómo me dijo que se llama la doña?
— Tremebunda Melquíades, mi Santo—. Entonó el nombre a la perfección, para evitar errores
— Uhm uhm, que va, no la veo— decía mientras pasaba las páginas. —Tremeeee, Tremuuu, Trémula. Uhm uhm definitivamente no está aquí.
Se sintió desfallecer, no sabía qué pasaba ni qué suponer. Ella no estaba en la lista porque ¿Le había sido infiel?, ¿Le había mentido sobre la paternidad de alguno de sus hijos?, ¿Tenía el busto operado, se quitaba la edad, ese cuerpo era a punta de lipo? En ese divagar la lavanda cambio a azufre, el hilo musical de violines y arpas se tornó en gritos de dolor y desespero.
— Entonces mi pana, ¿te decidiste a pasarme algodón?— el maligno, poniendo cara de inocente seguía promocionando el lugar— Aquí es calientito, las mujeres ardientes, aunque suene obvio con este calor y bueno, siempre hay rumbita.
José Vicencio le explicó porque estaba allí de regreso. Lo interrumpió con una risotada —Esa vaina es cacho mi hermano— mientras abría el pesado libro del listado y pasaba las páginas mojándose los dedos con saliva para no quemarlo con el fuego que le chorreaba como lava —Traaa, Treeee.
El pobre rogaba para sus adentros que ella no estuviese en esa lista.
—Tremebunda del Carmen Melquíades Urdaneta de Pernía, la misma que viste y calza, papá— le acercaba el libro para que lo constatara porque está acostumbrado a que nadie le crea.
Sin más, subió a El Limbo corriendo desesperado y repitiéndose: “No puede ser. Por qué Dios mío”. Se sentó tratando de calmarse para recordar qué había pasado y bueno no me culpes pero me apiadé de él y me le senté al lado.
—Tranquilo que te voy a sacar de esa angustia—, le dije con voz calmada y volteó con cara de sorpresa, reconociéndome de inmediato. —Ahora sé que fue lo que pasó, y quiero ayudarte a recordar, para que pongamos en orden las cosas y así yo evito una amonestación por parte de estos dos— apuntando hacia arriba y hacia abajo con el dedo.
Esta mañana me le aparecí a Doña Tremebunda y le advertí —Mi doña, esta noche se va conmigo.
Por lo general la gente se asusta cuando me ve, pero tú sabes cómo es ella José Vicencio, no se asusta a menos que se vea en el espejo. ¡Y es que esa mujer es una bruja!—, al decir eso me gané un gritado y contundente — ¡respeta! — de la voz del esposo. A lo que me defendí diciéndole — Ah no, no te me pongas así que es por su culpa que estás en esta situación—
Se encogió de hombros para responderme —Es la costumbre de defenderla de todos.
José Vicencio, dime tú a quién le dan ese notición y responde —ah no, zape gato. Te vas. Yo hoy tengo fiesta, así que bailaré, me disfrazaré, tomaré y comeré.
No sabía ni cómo reaccionar, primera vez que me salen con esa. Es más, te confieso que hasta me intimidó y eso que soy yo el dueño de esa sensación. Le aconsejé con voz reflexiva —Mi doña, aproveche de pasar el día con la familia que la ama, con su gente. Olvídese de disfraces y de fiesta.
En ese momento José Vicencio me interrumpió, contando con la voz hecha un susurro que esa mañana al despertar la vio saliendo del baño, pero cerró los ojos rapidito haciéndose el dormido, para evitar que se diera cuenta.
Sin embargo se le acercó, segura de que sí estaba despierto y le ordenó a grito herido— Pernía, recuerda que hoy es la fiesta de disfraces. Voy a disfrazarme de La Muerte y tú de mujer. No voy a andar alquilando traje para ti, que para variar ni ganas tendrás de ir. Te voy a disfrazar de mí.
—Yo sé que me estás escuchando. Vas disfrazado de mí y punto—. Sentenció la doña.
Me seguía contando, —Ella se disfrazó. Quedó tal como luces tú—
Pensé ¿Y cómo luzco yo? Si al parecer, más intimida mi primo El Coco
Él seguía —Yo, como un pobre bolsa, solo la dejé que hiciera lo que quisiera, con tal de hacerla feliz. Me vistió, maquilló y peinó, me disfrazó pues…de ella.
Esa noche fuimos a la fiesta disfrazados de Doña Tremebunda y La Muerte. Hasta sus amigas me reclamaban porque no me había disfrazado, confundiéndome con la de verdad y yo ni hablaba, solo me reía para seguirles el juego.
—Pero en eso aparecí yo, que podía apostar mi guadaña a que eras ella; te dije en la patita de la oreja: no te me vas a escapar: ¡esta noche eres mía!
El pobre José Vicencio me respondió decepcionado — Y yo que juraba que eras la Tremebunda sacándome fiesta, por eso me emocioné y te seguí.
— ¡Hasta a mí me engañó! Por error te traje aquí, seguro de que eras ella. Cuando aterrizamos se te cayó el maquillaje y la ropa: fue justo en ese momento que me di cuenta de la metida de pata.
—No te preocupes, te voy a regresar. Pero ya sabes, yo te ayudé ahora me ayudas tu.
Me respondió —con todo gusto Sr. La Muerte
En la tierra el tiempo transcurre distinto. Mientras el pobre hombre había vivido todas esas penurias aquí, en el mundo de los vivos recién le había dado un paro cardíaco y no había llegado tan siquiera la ambulancia.
Ya el resto de lo que sucedió lo sabe: José Vicencio abrió los ojos, seguía disfrazado. La buscó con la mirada por todo el recinto, la reconoció fácilmente porque se había quitado la máscara del disfraz, ya no podía confundirla conmigo. Se levantó con lentitud, mientras los asistentes le insistían en que permaneciera acostado. Se le acercó con los brazos abiertos, simulando que quería abrazarla, pero para su sorpresa la agarró por el cuello y la estranguló sonriendo dulcemente mientras le decía: “mi amor, la que estaba en la lista eras tú”.
-Ahora ve Ud., mi querida Doña Tremebunda, que de mí nadie se salva: ¡baje esas escaleras, que el ascensor está malo!