
Tuve la suerte de estudiar en una escuela pública y mixta, y digo suerte porque compartí con las mejores personas que hubiera podido conocer en esa época, aprendí de todos: de los profesores, de los de la cantina, de los de dirección pero sobre todo de ellos, mis panas de la escuela.
¿Quién eras tú en esos días?, ¿Tienes idea de cómo te recuerdan?
Mis recuerdos son buenísimos, estaban un poco empolvados por los años pero afortunadamente una de las chicas usó la aspiradora y sacudió el polvo de los recuerdos y me hizo rescatar mucho de ellos.
Mis loncheras eran muy particulares y por ende motivo de risa colectiva, la única que no se reía era yo. En ese entonces me mataba de pena y ahora de risa cada vez que sacaba mi desayuno y era una arepa rellena de perico (pero si mi mamá me la podía rellenar de queso y listo!) envuelta con servilleta más papel de aluminio! “Para que las partículas de este no me hicieran daño”. Cada vez que le iba a dar un mordisquito debía quitarle la servilleta que se había pegado como piel, por la humedad del calor con que la envolvía mi mamá justo recién cocinada.
Esto sin mencionar los jugos. A cuántos de Ustedes les ponían jugo de tomate o de pepino en la lonchera. A que ninguno levanta la mano, pero a mí sí! Y siempre me conseguía con alguno que me preguntaba:
-¿De qué es tu jugo? De tomate, respondía entre dientes, para que pensaran que habían escuchado mal, seguido por un grito de AAAASSSCOOOOO más una gran risotada.
Un día pensé, hoy no me friegan y cuando me preguntaron - porque siempre había un velón o un catador de desayuno ajeno- Respondí que era de patilla, acto seguido se escucho una risotada mientras me gritaba: mentira, porque es de tomate!
Nota mental: el día que me toque preparar lonchera será de sándwich de jamón y queso, de tomar jugo de naranja, y punto! Nada de loncheras gourmet.
Pero es que acaso, entre tantas frutas que compraba mi mamá no me podía hacer el jugo de parchita –si es que se la quería dar de exótica-, de naranja o de mango para parecer más tropical aún….pero no, de TOMATE! “Y te lo tomas porque es bueno”… para quien sabe que carrizo!
Así mismo los recuerdo a ellos, con ese detalle. ¿A quién recuerdas tú? Si, tu el que está leyendo, ¿A quién recuerdas con detalle? Te cuento de ellos:
Adriana, La Amiga de todos. A veces pensaban que éramos familia solo porque ambas tenemos cabello rulo y ojos claros, pero ella era realmente preciosa. Era la amiga de todos, de hecho la que nos volvió a reunir, la que llevaba el equipo de sonido para las fiestas de fin de año y compartía cuanta travesura inventábamos. Me sorprendió mucho su memoria, recuerda cosas increíbles.
Rebequita, La más querida. Y quien no iba a quererla si era –y sigue siendo- una dulzura. Usaba el cabello súper largo y liso. Como el mío es rulo y me lo cortaban como a un varón, fantaseaba en la máxima intimidad, claro está, con una manta que simulaba ser mi cabello largo y lisito como el de ella o el de la Barbie.
John, El príncipe Azul. Era alto, rubio, lo recuerdo musculoso –como si hubiera hecho pesas- pero a esa edad, sus músculos solo estaban idealizados en mi cabeza. No pronunciaba bien la R cosa que le daba un toque sexy…e idealizado.
Francisco, El Reto ACE. Sus camisas siempre blanquitas, parecía a James Bond porque nunca se arrugaba así corriera, no se ensuciaba aun cuando se arrastraba, inclusive en educación física lucia pulcro, con un peinadito de lado del que no se salía un solo cabello de su lugar.
Atahualpa, El Cómplice. Y cómo se puede olvidar a alguien tan especial para todos, lo hemos buscado por todos los medios y no damos con él. Su letra impecable como su aspecto. Su mamá siempre esperándolo en la salida, puntual. Las tortas que ella preparaba y él llevaba para cada fiesta aun hoy las saboreo en mi memoria. Además, podrían Ustedes olvidar a alguien con este nombre, no lo creo, pero él como persona era aún más especial.
Los Hermanos Marcano, Los Excelentes. En todo lo que emprendían, ellos eran Jean Rafael y Gabriel, ambos en la misma sección. Con los mismos 20 en la boleta, les caracterizaba lo humildes que eran –cosa nada común en los alumnos de 20- buenas personas y con cantimploras full de agua y eso era lo único que no compartían con nadie. Hoy, me enteré de la lamentable muerte de Gabriel, el menor de ellos dos. Tuvo que hacerle frente al cáncer y seguro ganó la batalla, porque dejó en cada uno de nosotros una sonrisa eterna cada vez que lo recordamos, ahora debe estar en ese lugar apacible a donde llegaremos algún día.
Natha, La que Escribe. Supongo que me pueden recordar porque tenían un montón de cabello y siempre andaba despeinada, eso sigue igual. Estaba involucrada en cuanta travesura se le ocurriera a cualquiera de mis compañeros, solo que me las ingeniaba para no aparecer luego fichada. Ah, se me olvidaba, siempre me copiaba en los exámenes.
En la hora de la salida, y aún no sé porque, todos pegábamos un grito y corríamos para irnos a casa. La escuela estaba bordeada por una reja en donde se guindaban todas las mamás a esperarnos, cosa que revelaba nuestra descendencia primate. Eso no pasaba con mi hermano ni conmigo, si era mi papá el encargado de buscarnos. La salida era a las 11:45, él llegaba luego de la 1:30 cuando los del turno de la tarde ya habían entrado y nosotros allí esperando…jodiendito.
En las fiestas de fin de año siempre me tocó llevar chucherías, imagino que nunca me encargaron las bebidas por la raya del jugo, pensarían: mejor no se lo encargamos, porque capaz y la señora manda de pepino, de tomate o quien sabe de qué rareza se le pueda ocurrir. Así pues, un día me dispuse a preparar una torta, yo solita. Me quedó horrible, abstracta, asentada, pero igual la cubrí de nevado, de orgullo, la llevé a la fiesta y se la comieron. Jajaja tal vez creyeron que era la venganza por la burla de los jugos.
Cuando recuerdo esto y veo el camino que he recorrido hasta hoy y el que me falta por transitar, pienso y asevero que debemos relajarnos. Por mucha perfección que busquemos, por mucho reloj presionando, por mucho que nos compliquemos con los problemas que maximizamos en el momento, nos damos cuenta luego al pasar de los años que estos no eran nada.
Terminamos cargando el morral con un montón de cosas inútiles que debemos más bien desechar, que pesan increíblemente y nos dañan profundamente. Hoy en día preferiría haberme relajado más en las horas de espera de la salida, reírme como ahora de mis desayunos y de mis peinados. Desearía que mi amigo Gabriel hubiera estudiado menos y jugado mucho más, pero tal vez esa fue su manera de ser feliz.
Hoy, deseo que mi empleo me importe menos, pero esforzándome para ser cada día mejor, que el dinero no sea una piedra de tranca, considerando que he recibido hasta en los momentos más inesperados. Deseo no perderme la fiesta de ninguno de mis seres queridos y mucho menos sus momentos de felicidad para reírnos juntos o los de tristeza para apoyarnos y aprender de ellos.
Deseo aligerar la carga que tienen “los problemas” para verlos realmente como son y no magnificados -solo magnificar los buenos momentos y las buenas personas para que el sabor de la felicidad dure más-, no perder mi tiempo que es corto –aprox. 80 años más- en cosas de las que luego solo me reiré. Guardar la seriedad en el baúl y disfrutar, porque no estamos mucho tiempo aquí y nuestros seres amados que son nuestro combustible, tampoco.
A la memoria de mi amigo Gabriel, El Magno.