domingo, 8 de julio de 2012

¡No lo Niegues!


Estudios científicos sostienen que todos decimos de 2 a 10 mentiras cada diez minutos. En criollito: somos mentirosísimos. Aunque no vaya a faltar quien diga asombrado ¿Yooooo? Yo, no digo mentiras jamás.
En nuestras cotidianidades nos vemos obligados a hacerlo: Te ves fabulosa. El tinte no te quedó naranja. Qué bien canta. Es la novia más hermosa que he visto. Mija, él cambiará ya verás que en cualquier momento madura. Te quedó riquísimo. No que va tu no estás gorda, eso es que te tienen envidia. Olerá mal, pero ese no fue mío.
Así mismo lo aplicamos al tráfico: ya voy llegando cuando aún estás en la ducha o el carro se accidentó cuando en realidad te quedaste dormido. Si no otras como: No recibí tu pin, se me borraron los contactos, el mail nunca me llegó, anoté mal tu número o te lo entregué en tus manos ¿Recuerdas?.
Estas son situaciones sobre las que danzamos todos los días, jurando que somos los únicos quienes las hacemos y que además nos las estamos comiendo. ¡Oh sorpresa! todos hemos caído en lo mismo varias veces en nuestras vidas aunque se lo neguemos erguidos al mundo.
Acaso te has bañado todos los domingos de tu vida o quien no ha llorado despechado mientras conduce haciéndose el harakiri con la canción más triste.
Otra más, las promesas a uno mismo: no vuelvo a tomar, desde el lunes arranco la dieta, no lo volveré a llamar, no le volveré a atender, no lo volveré a hacer, pisando enero y arrancando el gimnasio, no volveré a gastar tanto en unos zapatos, al cobrar el bono dejaré las tarjetas en cero, ahora sí terminamos para nunca mas volver.
Hay mentiras con las que nos consolamos: la fulana esa no es más bonita que tú. Tranquila amiga, que ese se fastidiará de ella rapidito, ya verás. El golpe que le diste al carro tampoco está tan feo. El embarazo te ha puesto radiante. En serio peso 50 kilos.
Las mentiras cómplices son por demás peligrosas porque no sabes que parte adelantaron antes de tú entrar al juego: — Sí mi amor, yo estaba con Luis. Llámalo y pregúntale para que tu veas que no te estoy mintiendo mi reina—
Pero así mismo hay verdades tan contundentes que entonces producen un terremoto emocional: Fulana tú me gustas de más. Tú a mí no me haces ni plín, te quiero como un amigo. Cada uno es de un papá diferente. Dejé de quererte, pero podemos ser amigos. Bueno es verdad, ustedes eran amigas, pero ahora dejé de quererte a ti para quererla a ella, se comprensiva.
A veces la mentira es la opción más sana y si nos remitimos a los estudio entonces no está ni tan mal decir una metirijilla de vez en cuando. 


Otra opción sería contradecir la evidencia científica, y proponernos decir solo una mentira al día, que sea tan contundente que abarque todas, pero que no sea tan grave como para complicarnos la vida: Bésame mi amor, hoy me cepillé los dientes cada vez que comí.
Lo cierto es que nos estresamos por cosas que finalmente hacemos todos en mayor o menor proporción, probablemente llevaríamos las cosas más sanas si no somos tan estrictos con nosotros mismos. Una mentirita blanca o beige — como tono tope— nos hará sentir en la cresta de la ola sin que las consecuencias sean mayores.
Por cierto hoy es domingo y ya me bañé.